La figura histórica de Pierre de Coubertin tiene
hoy día la fuerza del misterioso atractivo de presentir
algo ignorado pero de valor excepcional. Podría
pues, quizás, intitularse su persona como la de
el más famoso desconocido de la Historia.
Si con ocasión de las fastuosas concentraciones
cuadrienales que la convocatoria de los Juegos Olímpicos
supone se hiciera un muestreo sociológico sobre
la pervivencia del ideario coubertiniano, el resultado
de tal encuesta pese al ambiente propicio de la manifestación
olímpica sería probablemente desalentador.
Sin embargo Pierre de Coubertin merecería con toda
justicia el título de ser uno de los más
destacados benefactores de la Humanidad dotando a la Familia
Humana del siglo XX de un poderoso motivo de unión
y concordia cual es el Olímpismo con todo su rico
bagaje filosófico por él ideado así
como una convocatoria puntual periódica y festiva
de enconada y pacífica confrontación generadora
de unión y respeto mutuo cual es la de los Juegos
Olímpicos.
Pero el olimpismo, con su doble vertiente organizativa
y filosófica apoyadas en los sólidos y clarividentes
esquemas por él trazados, no es más que
parte de la gran obra coubertiniana y pese a ser aquél
evaluado hoy día como la fuerza sociológica
más importante en los postrimerías del siglo,
constituye en el balance creativo del genial humanista
poco más de la mitad de su quehacer, conforme él
mismo declaró. |