Tras realizar viajes de estudio e investigación
a Inglaterra y Estados Unidos, partiendo de El Havre,
decidió dedicar su vida a la reforma pedagógica
y a esta tarea consagró todos sus esfuerzos.
Desde Lausana, donde vivió a partir de 1917 y donde
fue nombrado ciudadano de honor, desarrolló una
actividad desbordante en la que puso lo mejor de sí
mismo y en la que poco a poco fue perdiendo toda su fortuna
personal.
Uno de sus rasgos dominantes era la capacidad de pasar
inmediatamente de la concepción a la realización.
Poco o mal conocido fuera del Movimiento Olímpico
que él creó a partir de la nada, renovando
la tradición antigua, Coubertin merece ante todo
el título de «humanista».
Para él el Olimpismo era indisociable de la Cultura,
por lo que preconizó la educación de la
inteligencia al mismo tiempo que la del cuerpo.
Así fue este hombre generoso, de voluntad inquebrantable
y concepciones revolucionarias, este enemigo de toda idea
preconcebida, este pedagogo genial consagrado en cuerpo
y alma a la juventud del mundo, en la que conservó
toda su confianza hasta su repentina muerte, en Ginebra,
en 1937.
página
2 sobre 2 - página
precedente |