Los discursos y los textos de Pierre de Coubertin en favor
de la plenitud física y del desarrollo del deporte
jalonan toda su existencia. El 25 de noviembre de 1892
da una conferencia en la Sorbona sobre «el ejercicio
físico en el mundo moderno», seguida del
anuncio del restablecimiento de los Juegos Olímpicos;
en 1894 proclama, una vez más en la Sorbona, la
renovación de los Juegos y la fundación
del Comité Olímpico Internacional, que presidirá
de 1896 a 1925 con una dedicación y una competencia
poco frecuentes.
Para él, el Olimpismo es la avidez por saborear
la plenitud de una cultura que confiere sentido a la vida,
al oponer a la natural debilidad del hombre la confianza
en la grandeza de su destino. A través del Olimpismo,
se va edificando un humanismo por encima de todas las
tentativas filosóficas, científicas y artísticas,
para englobarlas en un mismo esfuerzo: permitir que cada
uno se reencuentre, abarcando los acontecimientos en su
significado universal. La ética olímpica
se convierte en estética del corazón, fundada
en la eur-ritmia, que se revela a su vez como la percepción
de la armonía exterior e interior por la apasionada
afirmación de la unidad humana.
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