Los Juegos cuadrienales, animados por el espíritu
de la verdad olímpica, salvan las diferencias y
reconcilian a los adversarios: viviendo profundamente
su cuerpo, el atleta se espiritualiza.
La práctica correcta del ejercicio físico
privilegia la dialéctica fundamental de la vida,
transformando la inquietud en confianza. En 1897, Pierre
de Coubertin organiza en El Havre un congreso de pedagogía
deportiva, donde sus discursos referentes a los Juegos
Olímpicos plantean con acentos patéticos
el problema moral del hombre y de las naciones en el mundo
contemporáneo.
En 1927, con ocasión de la inauguración
en Olimpia del monumento conmemorativo
de los Juegos, declara: «En el mundo moderno, lleno
de poderosas posibilidades que al mismo tiempo amenazan
con peligrosas decadencias, el Olimpismo puede constituir
una escuela de nobleza y pureza morales, tanto como de
resistencia y energía físicas, a condición
de que elevéis siempre vuestra idea del honor y
del desinterés hasta la altura de vuestro vigor
muscular».
Pierre de Coubertin rechaza la idea de un mundo anquilosado,
que no se corresponde con la imagen de sus aspiraciones.
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